martes, 28 de enero de 2014

Relato: La alegría de un pueblo que sonríe a pesar de haberlo perdido todo

Al concurso "Familias refugiadas en Líbano ¿Qué ves tú?" también llegó este relato de Marta Bretón. En él relata la visita al campo de refugiados de Rashidieh.

Lunes 26 de Agosto de 2013, llegada al campo de refugiados de Rashidieh, sur de Líbano.
Su mirada. Rostros llenos de ojos me dan la bienvenida. Rostros que me miran fijamente como buscando respuestas, ante las que yo solo puedo responder con el silencio. Aquella sensación inigualable de honestidad brutal en sus sonrisas no puede más que sonrojarme. Me miran y me sonríen quizás imaginando que mi sola presencia, mis ojos darán voz a sus preguntas y quizás con suerte, su mensaje siga golpeando conciencias hasta lograr despertar al mundo de su letargo ante una injusticia que dura ya demasiado tiempo, que ya no deja hueco para la desesperanza. Sus miradas nos recuerdan a occidente que ya hoy es demasiado tarde. Camino entre sus calles laberínticas, el viento caluroso que sopla del oeste, amenaza con descolgar la telaraña de cables que se sostiene sobre nuestras cabezas. Edificios a medio construir, calles sin asfaltar, paredes de distintas tonalidades de ocres se mezclan en mi retina como sobre una paleta. A pesar del calor el movimiento no cesa. El polvo se mezcla en el ambiente provocando una imagen casi onírica. Una ciudad fantasmagórica en la que sin embargo, se respira tanta vida…
La única constante en aquel gigante de hormigón donde conviven hacinadas alrededor de treinta mil personas es la hospitalidad de sus habitantes. Por fin llegamos a casa de Manal, una mujer refugiada de unos cincuenta años que me explica como tras la intifada palestina que se inició en 1987 y que dio nombre a la famosa Guerra de las piedras lo perdió todo. Relata con una entereza sobrehumana como presenció los asesinatos de su marido y su único hijo varón y como ella sola logró huir con sus tres hijas menores. Llegó al campamento hace ya más de veinte años y gracias a una pequeña ayuda económica logró crear un pequeño negocio de venta de telas en su propia casa.
Poco a poco fue consiguiendo ingresos suficientes para mantener a sus hijas y pagarles sus estudios. A día de hoy su hija mayor, Aaminah, es profesora de literatura y se esfuerza cada día en transmitir esa fuerza y motivación que aprendió de su madre a sus alumnos, para que logren alcanzar sus metas y mantener intactos sus sueños de vivir en libertad.
No lejos de allí vive Hiba con su pareja y sus dos hermanos pequeños. Una joven de apenas veinte años embarazada de 6 meses que sobrevivió al reciente ataque contra Dil Al-Balah, en la zona central de Gaza. Sus padres aún continúan aislados expuestos a las amenazas y actos de fuerza. Ella ha logrado crear un grupo de trabajo y con otras mujeres están recopilando datos de su comunidad para lograr reubicar a todos en el nuevo campamento. Los hermanos de Hiba me observan mientras su hermana habla como esperando su turno, a su corta edad ya tienen su propia historia de supervivencia.
Ashraf tiene doce años y su hermana Saïda nueve. Me cuentan que el conflicto durará poco y que pronto se reunirán con sus padres. Están convencidos de ello, me aseguran entre medias sonrisas. Cuando les pregunto porqué están tan seguros me responden que han hablado con niños israelíes, que se comunican a través de mensajes escritos en cometas en dónde hablan de libertad y paz para su pueblo. La madurez con la que Saïda me explica que los niños entenderán su mensaje de esperanza porque esta situación no tiene ningún sentido me hace estremecer. Solo mirando desde los ojos de un niño podemos entender que sea posible enviar envuelto en papel de colores aquel viejo odio.
Los días se escapan entre mis dedos cual arena. Me esfuerzo por anotarlo todo, por no perder detalle, aprendiendo poco a poco a escuchar más allá de las palabras, miro los ojos de toda esta gente, vivo de algún modo todas esas vidas que no he vivido, y me adueño de sus historias, penetran bajo mi piel hasta sentirme uno más. El campo y sus habitantes me acogen, me integran como parte de ellos, llegando casi a pertenecerme, ¿O soy yo quien les pertenece?
Ahmad Al-Ja’bary, Hiba Al-Mashharawi, Marwan Abu Al-Qumsan, Faris Al-Basyouni, Tahrir Suliman, son solo algunos de los nombres de personas que forman y formarán parte de la memoria colectiva de la diáspora palestina.
Cae sobre mis hombros la responsabilidad de contar su historia. Pero no como una historia más de sufrimiento, quiero romper con los estereotipos, superar los rencores y trasladar aquello que sentí, lo que sus ojos me enseñaron: fe, dignidad, ilusión y compromiso. Compromiso con un mundo mejor, con la memoria, la ilusión de un futuro en paz, de vivir como vivimos tú y yo, en libertad.
Estas personas que han perdido sus tierras, sus hogares, su familia, sus raíces, han logrado mostrarme sin embargo, su alegría, la alegría de un pueblo que sonríe a pesar de haberlo perdido todo…me viene a la mente el poema de Rafeef Ziadah, ante la pregunta de un periodista, sobre si no creía que esta situación acabaría si no enseñasen tanto odio a sus hijos, y que se resume en estas palabras: “Nosotros no enseñamos odio a nuestros hijos, nosotros enseñamos vida, señor". Resulta admirable cómo sacan fuerza de flaquezas para levantarse cada mañana, como apoyados en la solidaridad para con las víctimas inocentes, en el amor por sus hijos, se esfuerzan cada día para ofrecerles, quien sabe si en un futuro próximo, una vida mejor.
Domingo, 15 de septiembre de 2013, en el avión destino aeropuerto de Barajas, emprendemos el camino de regreso.
Con la mente aún aletargada por tantas emociones, respiro hondo y hago repaso. Multitud de imágenes golpean mi cabeza. Paisajes, vivencias, momentos, pero sobre todo, miradas, todas y cada una de esas miradas. Resulta imposible expresar en palabras lo que experimenté, sentí y crecí en apenas tres semanas.
Aquellos ojos inquietos que me recibieron llenos de preguntas se remueven hoy dentro de mí, exigiéndome ponerle voz a sus vidas, impidiendo aquel primer silencio. Después de más de sesenta años de ceguera selectiva el compromiso ético y moral de occidente es mucho más que necesario, es un deber moral irrenunciable. Cerca de cinco millones de refugiados palestinos justifican nuestro grito, pues su verdad sigue viva en todos y cada uno de ellos.
Quizás no podamos nunca devolver los años invertidos, la tierra secuestrada, los seres queridos, pero sin duda, no todo está perdido. Todos los esfuerzos emprendidos, todos esos pequeños grandes retos logrados, por minúsculos que puedan parecer a nuestros ojos no son ecos en medio del desierto. Construyamos los cimientos de un futuro lleno de cometas con mensajes de esperanza, si ellos pueden creer nosotros debemos dar luz a sus sueños.
La cercanía del aterrizaje presiona sobre mi pecho, me asomo por la ventanilla del avión y logro divisar el suelo de Madrid; en mis manos y no de forma casual llevo el libro de Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido. Creo que todo lo vivido puedo resumirlo con una sola frase: “No es el sufrimiento en si mismo el que hace madurar al ser humano, es el ser humano el que da sentido al sufrimiento."


¡Gracias, Marta!

[Esta no es una publicación de RESCATE. El contenido de este relato pertenece al autor del mismo. ONG RESCATE no es responsable ni tiene por qué estar necesariamente de acuerdo con el contenido.]

miércoles, 15 de enero de 2014

Relato: Desierto en ninguna parte

Esther Prieto participó en el concurso de "Familias refugiadas en Líbano ¿Qué ves tú?" con este relato sobre la vida de Alib.

Y de pronto, el abismo, el caos, la oscuridad, el desierto… Acabamos de llegar pero parece que llevamos toda la vida aquí. Las noticias que nos llegaban durante nuestro camino no difieren en nada de la realidad. Pero la realidad se torna más dura cuando la vives en primera persona. Estamos ya dentro, en el mismo corazón del tornado sin final. Ya hemos llegado. Aun no sabemos dónde parar y asentarnos, y la noche amenaza con llegar, rápida y fulminante como una bomba sembrando la incertidumbre de no saber dónde se dejará caer, y el manto del firmamento teñirá el cielo llenándolo todo de oscuridad, más oscuridad. Damos vueltas en círculo y sobre nosotros mismos, de un lado a otro. A nuestro alrededor hay demasiada gente. Son personas como nosotros, pero parecen extraños. Nos sentamos sobre los bultos llenos de cosas personales, lo primero que cogimos, lo imprescindible, lo necesario y ahora, lo único. Todo lo demás, pocas pertenencias pues nuestra familia siempre fue muy humilde, se quedaron en algún lugar de nuestras vidas pasadas.
Donde estamos es…en ningún lugar, en medio de ninguna parte. En tierra de nadie, olvidados del resto del mundo y alejados de la mano de Dios... Nuestro Dios, ¿nos ha abandonado? A veces pierdo la fe y entonces no quiero vivir pero después recupero la cordura y mantengo un hilo de esperanza. Una esperanza que se oculta entre la arena, entre sonidos estridentes, gritos y llantos, desesperación y resignación. Después llega la calma, la aceptación de nuestro presente. Quizás por guardar algo de confianza en el futuro, en las gentes que están fuera de este laberinto oscuro e inmenso. 
Anochece al fin. Nos recostamos casi por inercia encima de cualquier cosa. El cielo está estrellado. El frío de la noche cala los huesos. El vacío y la oscuridad se enganchan en el alma. Se escuchan a lo lejos sonidos de un llanto cercano. Murmullos ahogados y después, el silencio. Un silencio agotador e interminable.
Nos encomendamos a nuestro Dios una vez más, con la mirada puesta en el mañana. Pero mientras, seguimos aquí, como todos los demás.
Me llamo Alib, pero soy un grano de arena más en este desierto. En realidad, no soy nadie en concreto y vivo en mitad de ninguna parte.

¡Gracias, Esther!

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lunes, 2 de diciembre de 2013

Relato: Ma sha Allá

En el concurso de "Familias refugiadas en Líbano ¿Qué ves tú?" también participó Tania Hage con este relato en forma de correspondencia entre miembros de una familia palestina que viven entre los campo de refugiados de Ain El-Helwe y Sabra.
Ain El-Helwe, 26 de marzo de 2006

Ya Salma:
Hoy en clases de geografía hemos hablado de los países: sus banderas, sus gentes, sus idiomas, incluso los hemos ubicado en el mapa… He notado que, a pesar de vivir en Líbano, estamos marcados por una nacionalidad, una bandera y costumbres distintas. Al llegar a casa he vuelto a mirar en el mapamundi que nos dieron en clase y en él no he encontrado nuestro país. Mis padres me han dicho «Palestina estaba por aquí» trazando círculos imaginarios sobre Bint Jbail, luego han añadido «nos quedan algunos territorios». Se han quedado en silencio cuando he preguntado si, al menos, estos estaban juntos, como una familia. 
Vivimos aquí, nos llaman refugiados y nos llaman palestinos. ¿De qué o de quién nos protegemos? ¿Estábamos en Palestina antes de venir aquí? Y, si es así, ¿por qué no podemos estar en nuestra tierra? Mi madre dice que ella recuerda vagamente algunas escenas violentas que obligaron a sus padres y abuelos a huir hacia otros países llenando sus manos solo con las manos de sus hijos. Pero, ¿desde y hacia dónde huyeron?
Ya habibi, Salma, no es mi deseo agobiarte con preguntas; no sé si entiendes mi inquietud.
Saludos a tía Salwa y al tío Hajjâj.
Un abrazo de tu primita que te quiere y admira,
Ahlam

Sabra, 16 de abril de 2006
Habibi Ahlam:
Es normal que a tu edad te hagas preguntas como estas. La historia es larga y está llena de heridas que no sé si cicatrizarán con el tiempo. Trataré de explicártelo y que lo puedas entender.
Hace muchos años había un país en el que vivían personas de diferentes culturas, religiones e idiomas en perfecta armonía. Su convivencia se basaba en el respeto y la aceptación del prójimo. Un día, llegaron unos señores desde otro país muy lejano asegurando que habían venido para protegerlos. Tiempo después, estos señores trajeron muchas personas que nunca habían vivido en esa tierra de gente tranquila. Los habitantes de aquel lugar les recibieron con cariño, incluso les ayudaron a establecerse. 
Al principio, las personas que llegaban de fuera parecían estar tristes porque habían sufrido muchas desgracias y malos tratos, pero unos años más tarde cuando ya eran muchos en aquella tierra, estos nuevos integrantes se pusieron muy furiosos. Tal era su descontento con todos lo que vivían en aquel país que ya no querían compartirlo con nadie y decidieron que lo cambiarían íntegramente para que se pareciera más a ellos. Los protectores presintieron la ira de los nuevos y, como si de un juego de Taule se tratara, «recogieron sus fichas» y adelantaron su partida saliendo victoriosos. Cuando se marcharon le dijeron al mundo y a la historia que habían cuidado bien a aquellos habitantes. Los nuevos pobladores echaron de allí a los que antes vivían en armonía, no les dejaron volver ni a sus casas ni a la tierra donde nacieron. Derrumbaron todos sus edificios históricos, cambiaron las formas de vestir, de escribir y, sobre todo, las leyes. Cambiaron todo hasta que dejó de parecerse al país al que habían llegado. Entonces, los nuevos habitantes le negaron al mundo, incluso a la historia, que allí hubiese existido otro país antes que ellos. 
Cuando yo tenía tu edad, mi madre también me contó esos recuerdos turbulentos que mencionas. Mi madre iba de la mano del abuelo y la tuya iba de la mano de la abuela. 
Ya Ahlam, no quiero que te inquietes con esta historia. Sólo confía en que algún día volveremos a tener nuestra tierra y entonces tú, yo y todos sabremos señalar claramente en un mapa dónde queda Palestina.
Abrazos para ti y tu familia. Sigue aprendiendo en la escuela, mi chiquitita linda.
Tu prima,
Salma. 

Ain El-Helwe, 26 de noviembre de 2006
Khalti Salwa:
Estoy muy triste y extraño mucho a mi prima querida. No paro de preguntarme por qué le tuvo que pasar a ella. 
¿Han sido los hombres furiosos de los que me habló Salma los responsables de toda esta desgracia, de toda esta violencia? Si ya tienen nuestras tierras, si nos han echado de nuestras casas, ¿por qué nos siguen hasta aquí para hacernos daño? ¿Qué les hicimos?
De un día para otro todas nuestras casas, nuestras familias, nuestras almas se han visto mutiladas. Todavía resuenan en mi cabeza el eco de las explosiones, del llanto de las vecinas desesperadas llamando a sus hijos, el olor a pólvora y a muerte apoderándose del aire y de nuestro futuro. Aún hoy no podemos descansar dos horas seguidas: El estruendo de los aviones sobrevolando nuestras cabezas nos recuerda que alguien está al acecho de nuestros movimientos. ¿Qué nos espera?
Ya Khalti Salwa, recibe un fuerte abrazo de tu sobrina que te quiere mucho y que comparte contigo el dolor que te ha tocado vivir. 
Ahlam

Sabra, 11 de enero de 2007.
Ya Ahlam, ¡ya habibi!:
Gracias por seguir enviando tus cartas. Con tus manos das vida a las palabras de nuestra amada Salma y eso reconforta mi corazón. Su partida a destiempo nos ha arrastrado a todos a una muerte en vida.  Ma sha Allá. 
Ya Ahlam, sí. Nos siguen atacando ellos, los que nos echaron de Palestina. Y tal como dices, «De un día para otro todas nuestras casas, nuestras familias, nuestras almas se han visto mutiladas», y yo agregaría «una vez más». Nos atacan porque no quieren que reclamemos lo que nos arrebataron, porque nos quieren callar, porque no quieren que regresemos. Y mientras estemos aquí saben que están en deuda con nosotros.
Un beso muy grande, sobrina preciosa. No guardes rencor de lo que estamos viviendo ahora. Aférrate a la idea de que tarde o temprano regresaremos a esa tierra que nunca ha dejado de ser nuestra. Estoy segura de que volveremos. Así sea cuando nos hayamos fundido con el polvo y el viento nos empuje hacia el sur, hacia nuestro hogar. 
Tu khalti Salwa.


¡Gracias, Tania!

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viernes, 29 de noviembre de 2013

Relato: Líbano

Compartimos el relato de Alfonso Ramírez de Arellano que participó en el concurso de relatos "Familias refugiadas en Líbano ¿Qué ves tú?" con esta conversación a través de la red entre un periodista y una niña refugiada en Líbano.

-Hola Caracol
-Hola Camelia
-¿Vas a decirme tu nombre o te llamo Caracol?
-Mi nombre es Luís Fernando. 
-Vale, creo que te llamaré caracol. Parece que estás buscando a alguien para hablar de los palestinos que vivimos en el Líbano 
-Así es.
-¿Por qué?
-Soy periodista y quiero escribir un artículo sobre vosotros
-No has encontrado en el chat a nadie más. Yo sólo tengo doce años
-Me interesa conocer la visión de una niña como tú sobre cómo es vuestra vida. Además he visto lo que escribes y me gusta cómo te expresas.
-¿No te parezco un poco pequeña?
-No, me parece que tienes una edad ideal. No eres una niña pequeña ni eres tan mayor que sólo piense cosas de adultos.
-Me gusta lo que dices, pero te advierto que tengo responsabilidades….  Se llaman Ikram y Aya, son mis hermanos pequeños y debo cuidar de ellos. Pero si te interesa lo que pienso, puedes preguntar. A mí me gusta contar.
-Vale, muchas gracias. Ahí voy: ¿Dónde vives?
-Vivo en Rashidieh, en “el campamento nuevo”.
-¿Cómo es la vida en un campamento?
-Bueno te diría que como en cualquier parte. Te levantas muy temprano, haces el desayuno, los padres que tienen trabajo van a trabajar, muchas madres se ocupan de la casa, las hijas mayores como yo ayudamos en las cosas del hogar y con los hermanos…. En fin como todo el mundo, lo que pasa es que luego ves por la televisión como viven los americanos o los franceses, por poner un ejemplo, y te das cuenta de todo lo que nos falta: los ordenadores, el plasma, a veces la electricidad y el agua corriente, las bicis nuevas, el autobús escolar, la ropa, las casas bonitas con jardín, qué se yo.  
-¿Cómo es el clima donde vives. Hace frío o calor?
-Bueno, en verano hacer calor, pero algunas veces he ido con mi familia a la montaña y allí sí que hace frío.
-Hace mucho tiempo que vives ahí.
-Siempre he vivido aquí, aunque a veces sueño que he vivido en otro sitio. Mis padres hablan de Palestina constantemente y sus amigos también. De tanto mencionar esos lugares: la medina, la casa del abuelo con su patio y su limonero en el huerto, el horno donde iban a cocer el pan y todo eso, me parece que los conozco. En sueños he jugado muchas veces en las calles de Palestina y he sido muy feliz. Allí soy como una niña rica. No tengo que trabajar, me paso todo el día jugando o estudiando y no tengo que estar pendiente de mis hermanos, tenemos un ama, Yamala, que se ocupa de nosotros y un profesor particular, Josué. Los nombres los he sacado de las historias de mis padres cuando eran pequeños.
-Y aquí ¿tienes amigos?
-Sí, aquí es donde están mis amigos Anan, Diyan, Mohamed… después de las clases en la escuela siempre jugamos un rato.
¿A qué jugáis?
-A lo mismo que todos, al coger, a rayuela, a haspartum
-¿Qué es haspartum?
-Es un juego de pelota, le gusta sobre todo a los chicos, pero jugamos todos. Lo pasamos bien.  También tengo muchos primos, pero están en Palestina. Nunca los he visto, pero sus padres escriben y cuando podemos chateamos. A ver si te puedo mandar una foto, todavía no sé muy bien como ponerlas en internet, pero mi amigo español me ha dicho que me va a enseñar en su PC.
-¿No me digas que tienes amigos españoles como yo?
-Si, son mayores, Sandra de una ONG y Jordi que es soldado. Ellos son los que me dejan usar su ordenador y me han enseñado algunas palabras en castellano: Hola, buenos días, amiga, guapa 
-Ya veo que sabes hacer amigos y divertirte. Pareces feliz.
-Bueno, casi siempre. 
-Casi..
-Lo peor es la cara de tristeza de mi padre cuando se pone a recordar y el miedo en los ojos y las manos de mi madre cuando se oyen tiros a lo lejos o carreras de policía o soldados en la calle. Entonces a ella se le pone esa cara tan rara, se queda rígida y muda y le tiemblan las manos. Yo se las cojo y le digo que no va a pasar nada. 
-Y tú ¿no tienes miedo?
-No, que va. A mí nunca me ha pasado nada, ni a nadie que yo quiera. Sé que hay gente que lo ha pasado muy mal. Sé que hay cosas malas y gente que muere, pero yo solo siento miedo cuando lo veo en los mayores o se me escapan los pequeños. A mi no me va a pasar nada.
-Estoy seguro de eso. ¿Te gustaría vivir ahí toda tu vida?
-Bueno me gustaría ir a Palestina que es “nuestra patria”, pero también a Suiza. No tengo ni idea de cómo es, creo que hace mucho frío y hay árboles parecidos a nuestros cedros. Aquí todo el mundo dice que este país era la Suiza de oriente. Y cuando lo dicen se les pone los ojos soñadores, como cuando cuentan un cuento o recitan una poesía. Aquí los mayores casi nunca tienen esa expresión, siempre están serios, preocupados y concentrados en alguna tarea. ¿Palestina?, sí, claro, pero a veces veo mucha rabia o dolor en las personas cuando la mencionan. Suiza parece más alegre…. Pero no se lo digas a mis padres porque les darías un disgusto.
-¿Qué quieres ser mayor?
-¿Y eso que tiene que ver con lo que estamos hablando?
-Perdona, ¿te ha molestado la pregunta?
-No, es que… creo que ya soy mayor.
-Pero, Camelia, tú estás estudiando, tienes doce años y toda la vida por delante para ser lo que te propongas.
-Sí, claro, tienes razón. Perdona, tengo que irme a recoger a los pequeños y ayudar a mi madre con la comida y la ropa. Mañana hablamos otro rato ¿sí?
Claro que sí, bonita. Mañana y cuando tú quieras. A la misma hora que hoy?
-Vale.

¡Gracias, Alfonso!

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martes, 26 de noviembre de 2013

Relato: Pelea. Resignación. Nostalgia

En el concurso de Familias refugiadas en Líbano ¿Que ves tú? participó Cristina Mendive con estos tres breves relatos sobre la ausencia de patria y el sentimiento de nostalgia. 

Artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos del 10 de diciembre de 1948:
        1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.
Abdel se agazapó entre las zarzas, veloz como una liebre asustadiza, al oír las rítmicas pisadas que se acercaban desde su izquierda. Realizó un apremiante gesto con la mano libre a su primo Abu para que también se acuclillara entre los matojos y, después, delicadamente posó en tierra los tablones que ambos transportaban en la oscuridad.
Las siluetas de los soldados libaneses se iban aproximando y, con cada nuevo paso, la angustia de Abdel se iba acelerando hasta tener el convencimiento de que, tal que tensos tambores, sus palpitaciones podrían ser oídas a kilómetros de distancia.
Venían conversando despreocupados, intercambiando tabaco y quejándose de las desventajas del turno nocturno. Más peligroso o más tedioso, según se viera. Una inoportuna casualidad llevó a que se situaran justo al borde del terraplén bajo el que se parapetaban Abdel y su primo.
Abu temblaba tumbado en la pedregosa tierra; agarrotadas las manos mientras aferraba impulsivo los tablones para que ninguno resbalase ladera abajo. Abdel comenzó a rezar. Era demasiado a lo que se había expuesto para ahora abandonarlo todo de un plumazo.
Pensó en Sanaa; su amada Sanaa. En sus ojos almendrados y sus apetitosos labios. En su adorable timidez cuando se tapaba la boca al reírse. En su fortaleza cuando caminaba infatigable, días tras día, hasta el dispensario, a tres kilómetros de distancia, en busca de los medicamentos que necesitaba su padre y que, por bloqueos o al ser requisados, en multitud de ocasiones, nunca llegaban.
Deseaba regalarle un hogar de verdad. Un lugar propio en que acurrucarse al terminar el día, ajenos al desaliento de la realidad que los rodeaba. Un escondrijo secreto en el que evadirse de la cárcel en la que moraban desde hacía años. Un edén limitado pero, al mismo tiempo, liberador.
Pero, dentro del campo de refugiados de Badawwi, no les estaba permitido edificar más viviendas. Los refugiados palestinos no eran ciudadanos en Líbano; no estaban reconocidos; eran apátridas. Badawwi era una amalgama de terrosas viviendas que pugnaban por elevarse unas encima de las otras, en un vano intento por huir de los asfixiantes callejones en los que prácticamente no penetraba luz ninguna. Vivían asomados a ventanas que les deparaban vistas espejo de sus vidas. Un muro -el de la vivienda de al lado- igual al que se erigía tarde o temprano en sus mentes, que les cercenaba las expectativas, les coartaba la libertad y les conducía a la depresión... O la pelea.
Abdel era de estos últimos. Había decidido no dejarse vencer y, mediante la venta de algunas antiguas joyas de su abuela, había conseguido adquirir los materiales suficientes para construir, ilegalmente, una vivienda encima de la de sus padres.
Ahora tan solo debía transportar el cargamento clandestinamente desde la zona libanesa hasta el campamento de refugiados. Y trabajar a tiempo nocturno.
Volvió a evocar a Sanaa. Sus delicados tobillos. Su risa inocente. Contuvo el aliento una vez más y rezó de nuevo, tan solo deseando que los tablones no emitiesen ningún ruido, que los guardias continuasen su ronda y que él pudiera llevar a cabo, finalmente, su valiente odisea.

“Para asegurarse de que los palestinos expulsados no regresaran y reclamaran sus posesiones les declararon “ausentes”: al estar el dueño “ausente” Israel podía expropiarle. Los recién llegados ocuparon las casas vacías de los palestinos expulsados.”
Un país borrado del mapa
Salman Abu Sitta
Me gusta ir con el abuelo. Antes, a las tardes, solía ir a jugar a la pelota con mi hermano Abdel pero ahora está muy ocupado. Está distinto y grita todos los días. Le molestan los ruidos y se sobresalta ante voces extrañas que llegan desde el callejón. Sé que no duerme en su cama desde hace semanas, que llega al amanecer y de puntillas pasa por encima de mí, agotado, para desplomarse a mi lado y dormitar durante toda la mañana en un sueño agitado.
Por eso voy con el abuelo. Me gustan sus historias de cuando era pequeño, como yo. Pero creo que su memoria hace tiempo que viajó a otras tierras o se extravió por el camino como la abuela, que salió una mañana de casa para ir al mercado y ya nunca volvió. Pero no puedo hablar de esto, porque mamá cambia la sonrisa y se da la vuelta cerca del patio, tapándose con un trapo. Dice que le da alergia el polvo de la tierra, pero yo sé que no es verdad. Yo sé que llora por la abuela.
Ahora el abuelo cuenta cuando en la huerta recogían los limones. Dice que tenían los limones más brillantes y aromáticos de todo el pueblo y todos los vecinos les envidiaban. La abuela, mi mamá, mis tíos y primos -a los que no conozco más que en fotografías- también ayudaban, y luego exprimían el jugo, lo mezclaban con azúcar y hielo y lo bebían golosos tumbados sobre un mantel, bajo las frondosas y amigables ramas de los árboles. Allí protegidos del inclemente sol pasaban la tarde desgranando historias de nuestro pueblo y nuestros parientes. Se jugaba y se hablaba del futuro, de los proyectos de cada uno, siempre atendiendo a los sabios consejos de los mayores.
Y mamá reía. Lo hacía tan alto y tan potente que los pájaros huían volando de entre las ramas, prestos a buscar lugares más apacibles. Me gusta esta historia pero mi abuelo es un mentiroso. Yo jamás he oído reír a mamá así, ni he visto crecer cientos y cientos de limoneros en huertas. Me pregunto por qué no podemos volver a un lugar tan hermoso si aquí solo hay callejuelas que huelen a aguas descompuestas, edificios que se desmenuzan y adultos preocupados.
Yo hago lo que puedo. Cuando mi abuelo se queda ausente ha concluido el relato. Entonces su rostro se queda mustio e incluso triste. Recojo el trozo de piedra que he traído conmigo y dibujo en el suelo surcos ondulados imaginando un limonero. Luego tomo los dedos de mi abuelo y le hago recorrer las suaves líneas del trazado. Es entonces cuando mi abuelo vuelve a sonreír débilmente musitando en bajo tono... Mi limonero.

“Lejos de los ojos, lejos del corazón”. En árabe: بعيد عن القلب ، بعيد عن العين
Cuando pasa mucho tiempo sin ver una persona, tus sentimientos son cada vez son más fríos hacia él o ella. (Dicho popular árabe)
“¿Dónde está? ¿Dónde está?”
Leyla revuelve las prendas una y otra vez, rebuscando angustiada entre los ajados cajones de la cómoda.
“Estaba segura de que las guardé aquí, en el cofre de metal... No es posible que desaparezcan sin más. Si al menos Abdel estuviera aquí, me ayudaría a buscar.”
Pero la realidad la supera y termina desplomándose en el suelo, descorazonada, afligida; bañada en amargas lágrimas que hablan de una fatiga e impotencia infinitas. El último lazo que la mantenía unida al recuerdo de su madre no está. Los pendientes que un día luciera en sus diminutas orejas y  las pulseras de plata que siempre tintineaban en su muñeca se han evaporado por arte de magia. Todavía puede evocar el destello reflejado en el relieve cincelado de las mismas, en aquellas felices tardes en las que se juntaban todos en la huerta de su padre. Entonces su madre se quitaba las pulseras, una a una, y se las dejaba a Leyla quien imaginaba que era una princesa árabe.
Hasta aquel día en que el ejército israelí penetró en su pueblo y les expulsaron de sus casas alegando que podía haber terroristas. Y ya nunca les permitieron volver. Aquella mañana su madre había salido temprano al mercado. En el barullo de la revuelta un soldado la golpeó con el arma y su madre dio con la nuca en el duro pavimento. Ni siquiera pudieron enterrarla.
Sin el contacto real de las joyas, su imagen se diluirá poco a poco; aguada por el tiempo y la distancia a su hogar, a su pueblo, a su tierra. Se encuentra como un espectro en zona de nadie, es un no-ciudadano en un país inventado. Agotada, Leyla zozobra en la nostalgia, dejando vagar libres, los recuerdos de tiempos en los que se les permitía ser dueños de su destino.

¡Gracias, Cristina!

[Esta no es una publicación de RESCATE. El contenido de este relato pertenece al autor del mismo. ONG RESCATE no es responsable ni tiene por qué estar necesariamente de acuerdo con el contenido.]

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Relato: Pan de cada día

Este relato de Marcelo Rocha sobre el valor de cada vida también participó en el concurso "Familias refugiadas en Líbano ¿Qué ves tú?".

La compañía Sierra patrullaba las calles de la ciudad del Líbano, la guerra había terminado pero todavía continuaban las patrullas de reconocimiento de algunas zonas, durante la mitad de su recorrido el operador de radio recibía de la base central la alerta de un coche bomba, El operador inmediatamente se lo comunica al Capitán, esté ocultando su nerviosismo pide la radio para comunicárselo al resto del convoy.
-Aquí Sierra para toda la malla, tenemos un aviso de alerta, es más que probable que haya un coche bomba en la dirección de nuestro recorrido, vamos a desviarnos hacia la ruta Bravo.
Todos los operadores de radio del resto del convoy daban el recibido y en cada vehículo el nerviosismo se tomaba de distinta manera, algunos soldados iban nerviosos y en especial el soldado Dávila, era el tirador de ametralladora del último vehículo del convoy, estaba muy nervioso y para él todo lo que había a su alrededor era peligro, aquella alerta le inquieta más que a los otros, sobre todo el coche bomba, pensó que lo más seguro era que podía venir por detrás y explotar cerca de él, porque esa era la manera en que lo hacían.
Todo el convoy cambio de ruta y se disponían a regresar a la base, pero la ruta que habían tomado estaba atascada de vehículos civiles. Ellos al ser militares se metieron en medio de la calle y no dejaron que nadie les adelantara, el soldado Dávila siendo el tirador del último vehículo hacia señales para que ningún vehículo se acerque al convoy; la mayoría de la población respetaba las señales pero alguna que otra persona se atrevía a acercarse más de lo debido, Dávila pudo ver a una motocicleta que venía a gran velocidad, esquivaba a varios vehículos y pronto llegaría a su posición, intento avisar a su Sargento para que le diera permiso para disparar, pero viendo que no tenía tiempo y para que la motocicleta se detuviera empezó a disparar en su delante, el sonido y los rebotes de las balas hizo que la motocicleta se detuviera y aquel hombre hiciera una seña de implorar, varias personas civiles se asustaron porque los rebotes de las balas impactaban en las paredes de la calle. El sargento que estaba a cargo del soldado se acercó a él y pidió que controlara su nerviosismo y que evitara disparar, el soldado quiso dar explicaciones pero su sargento no le dejo.
El poco tiempo los vehículos civiles nuevamente se acercaban a su posición,
Dávila hacia señas pero nadie le pretendía hacerse caso, poco a poco seguían acercándose, al cabo de unos 10 minutos los vehículos civiles empezaron a quedarse rezagados, y guardaban gran distancia del convoy, el soldado Dávila vio como algunas personas detenían sus vehículos y pensó que habían al fin le habían entendido, muy sonriente se dio la vuelta avisando a sus compañeros que había logrado detenerlos, pero durante esos dos minutos que estuvo de espaladas a la retaguardia vino el coche bomba por detrás del convoy y explosionó en su vehículo, ese coche bomba había estado estacionado a un borde la carretera y nadie se había percatado, todos los miembros del vehículo habían quedado gravemente heridos. Toda la calle era un caos pero lo peor de aquel atentado eran las victimas que estaban en la calle, eran personas inocentes y varios eran niños. Pronto los otros vehículos del convoy resguardaban la zona para retirar a sus compañeros. Los llevaron al hospital y pudieron salvar a todos, excepto al tirador, sus heridas habían sido muy graves y poco antes de que llegara al hospital había muerto.
El Sargento estaba muy triste por la pérdida de su soldado, durante una semana se recuperó en el hospital. Al final de aquella semana con la mejora de sus heridas y pudiendo caminar pidió recibir el alta hospitalaria para volver a patrullar, el médico que era Búlgaro le dijo que no era buena idea.
-Lo mejor será que no vuelva a salir, no es bueno para usted ni para el resto de su compañía –se lo recomendaba afectuosamente.
-Hago lo que quiero y quiero irme de aquí –le dijo enfadado por esa forma de expresarse del médico.
-¿Sabe usted para que quiere salir? –le preguntó el médico, vio que el sargento no podía contestar pero aun así espero a su respuesta.
-Es mi trabajo –le replicaba dubitativo –además mi soldado está muerto y tengo que hacer honor a su nombre.
-¿Ahora quiere matar? ¿Morir?... ya no está en condiciones de hacer este trabajo – se lo recordaba enfáticamente.
-Toda la compañía y la Unidad en general está de luto, se han metido con una persona inocente –expresaba el sargento algo melancólico.
-Pero…¿sabe usted cuantas personas murieron? …Me refiero a personas civiles, me sorprende que todos hablen de un soldado pero no por todas aquellas personas inocentes que ahora mismo están muertas.
-Pero…eso no es nuestro problema, nosotros estamos aquí para otra cosa.
-¿Me lo puede decir?
-No es nuestro problema, porque no lo deja –le dijo esquivamente.
-¿No es nuestro problema?…-repitió el médico vagamente-. Este problema es de todos, pero está bien, no es su problema ni el de su unidad. El problema debe ser la población y no de ustedes.
-Con ese sarcasmo no me dice nada claro.
-Solo quiero que sepa que con esa actitud no se puede venir a ofrecer paz y seguridad. Sí los militares han ayudado este aquí, pero…….eso fue antes, pero los coches comba de ahora están porque ustedes continúan, ahora mismo los militares ayudan muy poco o escasamente a la población…por cierto, hay muerto veintitrés personas inocentes que perdieron la vida, debería de ponerse a pensar también en ellos…son por estas razones que la población huye de este lugar.
-Poco o nada me interesa.
-Por eso mismo se lo digo, sé que no me escuchará; pero, si intentara ponerse en
su lugar; se daría cuenta de lo que significa abandonar tu hogar.

¡Gracias, Marcelo!

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miércoles, 23 de octubre de 2013

Relato: Donde a libertarse empiezan

Fernando Ortín participó también en el concurso "Familias refugiadas en Líbano ¿Qué ves tú?" con una reflexión de un joven palestino sobre su vida y la paz.

Un desliz de ropa sobre ropa despierta la mañana soñolienta del Líbano, y me voy desperezando conforme dos sonrisas delante de mí se van haciendo cada vez más amplias, como si pretendieran que yo les contestara con otra del mismo tamaño para quedarse tranquilas. Mi tía, que es palestina como yo, siempre me ha dicho que lo horroroso tarda muy poco tiempo en imponerse sobre el mundo, pero que lo hermoso necesita de un camino lento en que fraguarse; que cuando llega, todo lo anterior desmerece el recuerdo siquiera, y que sólo un minuto puede dar sentido a varias generaciones, y una vida pequeña a otras tantas defunciones combativas y largas. Mi tía escribe versos sin orden aparente y sin estudio previo; cuando le llega, dice, una luz de no sé qué lugares remotos, me cuenta, su mano no tiene gobierno que la reprima y se libera de todo lo que le rodea en busca del auxilio de un papel o un cartón o un mantel cualquiera, y en trazas grandes, y en otras pequeñas, con una caligrafía tortuosa, impaciente ante el miedo de perder en la forma el sustento que a ella le motiva la alerta del instante fugaz de la idea, escribe, pero escribe y escribe y el tiempo es sólo entonces para ella un juguete triste inventado por el hombre de extrarradio, el cual no sabe lo que es un pueblo tan pequeño y tan cercado como el nuestro. Y el tiempo, para ella, y a veces, he de decirlo, para mí también (me estaré haciendo mayor), es una aventura extramuros de hombres foráneos que imagino con tres cabezas y con pezuñas enormes; con bebés gigantes que ya hablan al nacer y con platillos volantes aparcados en los garajes de sus casas. El tiempo aquí a veces no tiene significado y se pervierte como una gota en un océano. Como un planeta solo y mínimo en un universo de grandes e infinitos soles. Mi tía dice que para qué un reloj si ella no necesita contar los minutos para saber que en cada uno su amor hacia mí crece exponencialmente, y hacia todos cuantos aquí estamos, a veces sedientos de mares y tierras, a veces colmados de gozo y de paz. 
Yo no sé qué es una esfera que no esté dibujada en un papel, o miniaturizada en una canica con que juego a veces; pero me han dicho que la residencia en la tierra es redonda, y si andas más allá de todo y de todos sin mirar atrás acabas volviendo al punto de partida. Y digo yo, incluso, y espero que perdonen ustedes, ¿para qué quiero yo liberarme de lo que dicen que nos ata, si al salir seguiré estando subyugado por unos pies que pesan demasiado y que no me dejan volar, y por unos horizontes que principian y terminan en sí mismos porque no son sino espejismos que nos traen de vuelta siempre para nunca acabar el camino? Y yo digo, y perdonen la tontería (hoy me desperté pero aún sigo soñando), ¿pará qué correr más lejos si aún no he perfeccionado mi técnica, si aún me tropiezo en las piedras que salen a mi paso en cada recodo, para qué ansiar nuevos cielos, si el mío aún no para de llorar por un pueblo desahuciado dentro de sus límites? Y me pregunto, y perdonen si me estoy desbocando en mi locura mañanera, ¿para qué aspirar a nuevas gentes que aún no despoblaron su odio hacia otros hermanos que los aman, pero que no son correspondidos? Perdonen ustedes, señores míos, pero yo os perdono tanto sin saber qué perdonar ya, que me gustaría que os unierais en este cántico de paz conmigo, aunque sólo sea por un momento de insólita cordura, sí, cordura y paz, si es posible. Y que lo gritéis como yo estoy gritando ahora por que todo cuanto existe se rinda ante el poder de la redención común, y así, de algún modo, la lluvia de mañana sea el baño original de la raza humana, con que poder borrarnos las rayas negras y marrones de unas guerras cada vez, si es posible reducir lo imposible, menos justificadas.
Mi tía a veces escribe versos desordenados pero con mucho tino. A mí me parece que ella al escribirlos y yo al leerlos ya empezamos a desgarrarnos las vestiduras que no sirven más que para ocultar la vergüenza por ser hermosos; a mí me parece que esto que siento en el estómago y quizá un poco más arriba cuando leo poesía, esto que no sé explicar, podría empezar por definirlo como un principio de liberación. Liberación que necesita consumarse en el espectáculo del mundo tangible, pero que a mí de momento me abastece de innumerables sentimientos de empatía y hermandad; a mí me parece que la paz, que está esperando a que alguien grite en la multitud: ¡adelante!, se escribe con versos sencillos pero encendidos, con versos que a todos nos hagan pertenecernos.
Mi tía y mi tío me despiertan cada mañana con una sonrisa iluminada, pero yo, idiota, siempre me giro para seguir durmiendo un poco más. Y sólo me levanto cuando ya mi tía no entiende de sonrisas, ni de gestos cariñosos. Quizá me esté arrepintiendo mientras estoy escribiendo lo que ustedes leen, en este preciso instante, de no devolverles lo que ellos por amor me hacen llegar cada mañana. Quizá sea ésta la declaración última de un niño que cada vez es menos niño, pero que no quiere perder lo que los niños mejor saben hacer. Yo quiero seguir siendo cariñoso sin dejar de ser hombre maduro, yo quiero seguir llorando sin dejar de ser masculino, yo quiero seguir vibrando al leer poesía sin dejar de ser un hombre práctico. Porque, sobre todo, no quiero ser como he estado siendo en estos últimos días, ya que me asusta la idea de que se trate de un síntoma de una transición mal conducida, a raíz de la cual casos ha habido de otros hombres que han perdido el corazón caliente, y posiblemente hayan empezado combates sin justificación alguna. Quizá ya me haya arrepentido de no devolverles una sonrisa a mis tíos, porque una sonrisa no cuesta nada, y a lo mejor sea peor el sentimiento cuando me despierte y no estén ellos sonriéndome. 

¡Gracias, Fernando!

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